Editorial de la revista Hontanar Númeo 51 de Diciembre de 2009

Con un palillo en la boca y ajustando las hojas del periódico sobre el mostrador exclamó: “¡Joder, nos han cambiao hasta el nombre!”. El sorprendido lector se trataba de un parroquiano de cierto bar de la comarca que acababa de leer en la prensa provinciana de aquella mañana del 24 de noviembre de 2009, que se había presentado en Guadalajara por parte de la Junta de Castilla-La Mancha, medio a cencerros tapados, la nueva marca turística para la comarca. A partir de ahora pasaría a denominarse… ¡”Molina y el Alto Tajo”!
Alguien podrá decir que se trata sólo de una inocente marca turística, que no tiene importancia, que la cosa no pasa de ahí, sin embargo, el programa de desidentificación de nuestra comarca comienza ya a ser tan descarado que nos ha parecido conveniente hablar de él. Por que sí, porque entendemos que para progresar y desarrollarse hay que estar dispuestos permanentemente al cambio pero sin dejar de ser uno mismo.
Quizá sólo se trata de una marca turística, ciertamente, pero todos sabemos el peso que está adquiriendo el turismo en el futuro de esta tierra. De momento los resultados no están siendo ni de lejos espectaculares, pero las cifras de visitantes van aumentando año tras año. Sin embargo, una marca turística que prima unos recursos turísticos sobre otros y unas zonas sobre otras, supone una evidente discriminación empobrecedora. Siendo benevolentes con sus inventores, la nueva marca turística tal vez pretenda decir al visitante potencial: “Partiendo del parque natural y de la ciudad de Molina, visite el resto de la comarca”, o siendo ya unos cachos de pan podríamos pensar que viene a decir: “Visite la comarca y, dentro de ella, la ciudad de Molina y el parque natural del Alto Tajo”, pero lo que el visitante realmente lee es: “Fuera de lo que es Molina y fuera de lo que es la zona más próxima al Tajo no hay nada que merezca la pena que Vd. visite”.
Lo que lee el nativo es, como decimos, “¡Joder, nos han cambiao hasta el nombre!”. Efectivamente, nos han cambiado hasta el nombre, y en esta ocasión, no se ha tratado sólo de un asunto de eruditos sino que ha calado en el pueblo llano y trabajador y, quizá por ese instinto que posee la gente sencilla para detectar estas cosas, el disgusto por esta imposición se evidencia amplio. Ni que decir tiene, que no se trata de una animadversión del habitante rural contra la protección de la naturaleza, ni siquiera una cuestión de Cultura versus Ecología; sería en ambos casos poner las cosas demasiado fáciles a quienes se basan únicamente en sistemas binarios de encendido/apagado, izquierda/derecha, buenos y malos.
Castilla-La Mancha es una región variada en Historia, caracteres, dejes, y por ello rica culturalmente. Por su parte, el Señorío de Molina es una comarca que posee una riqueza histórica y cultural que para sí quisieran muchas otras zonas de España. Ahora bien, desde los inicios como autonomía, Castilla-La Mancha se erigió algo así como en la antiautonomía en el contexto del “café para todos”, renunciando, por ejemplo, a su identificación con la riqueza cultural que heredaba del antiguo reino de Toledo. Claro, que la negación de las identidades sólo ha podido realizarse dentro de la comunidad autónoma y poco a poco, la desidentificación ha ido avanzando, como la Nada en aquella novelita de La Historia Interminable, y ha ido dejando las comarcas con alguna peculiaridad reducidas, en este sentido, a la mínima expresión. Y eso que desde el principio la región fue concebida como una Junta de Comunidades. Un ejemplo de esto es la queja en los últimos años por parte de los habitantes de Guadalajara ciudad que hablan de un proceso de mancheguización basado, al parecer, en el empeño de algunos medios, incluidos en ocasiones los oficiales, de ubicarla en la Mancha. ¡Qué diría la emperatriz del Alcarria si levantara la cabeza! El caso ha sido confundir. Y hacer alarde de incultura.
Aplicado esto a nuestro Señorío de Molina, se ha puesto toda la carne en el asador para evitar mentar cualquier aspecto que pudiera amenazar la integridad territorial (o algo) de la región de Castilla-La Mancha. Cualquier muestra identitaria ha sido recluida y abominada, cuando no envilecida, y cualquier persona que haya tratado de decir esta tierra es mía ha sido tachada, en el mejor de los casos, de abertzale. ¡Como si no supiéramos dónde vivimos y quiénes somos!
Una marca turística podría parecer algo inocente, pero no lo es en este caso, y el hecho de tergiversar la realidad tampoco. El Alto Tajo es un parque natural, precioso y preciso, sí, aunque creado ex novo hace apenas unos años sobre los términos municipales de un número muy concreto de pueblos de ésta y otras comarcas, y que incluso traspasa el ámbito provincial; pero el interés de Castilla-La Mancha por que aparezca ese nuevo topónimo aplicado exclusivamente al ámbito molinés, desbaratando la comarca como si fueran dos, ha sido feroz. En fin, que hasta en Wikipedia nuestro informático, José Luís Ordovás, tuvo serios problemas con el carpetovetónico bibliotecario-vigilante de turno de la conocida ciber-enciclopedia, cuando pretendió con su típica honestidad (Jose, no el carpetovetónico) ubicar Alustante, de la forma más natural del mundo, en el Señorío de Molina. Al final se ha tenido que poner un guión (-) y añadir la coletilla “Alto Tajo” (o eso o nada). El paso siguiente es que desde hace un tiempo, en los mass media provincianos, se viene hablando exclusivamente de la “comarca del Alto Tajo”, en la que se incluye, desde luego, toda la mitad norte de esta tierra, perteneciente a la Confederación Hidrográfica del Ebro.
Se cuenta que el proceso de colonización de África por parte de las potencias europeas se iniciaba con una serie de operaciones premeditadas: se cambiaban los milenarios nombres de los lugares por otros más agradables a los oídos occidentales, los niños y niñas (y hasta los adultos) pasaban a llamarse John, Catherine, Pedro o María; se les vestía a la europea, se les forzaba a adoptar nuevas creencias y, a base de castigos y censuras, se les inculcaba nuevos valores y se les hacía perder su idiosincrasia; en suma, se les vaciaba de identidad. Imprescindible el colaboracionismo nativo. Una vez consumado esto se podía hacer con ellos lo que se quisiera.
Para más información:
www.turismomolinaaltotajo.com
www.laotraguadalajara.net
